Texto - "Los Merodeadores de Fronteras" Gustave Aimard

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Los cazadores de los bosques, obligados, por el género de vida que
llevan, a pasarse sin ningún auxilio ajeno, poseen todos, en cierto
grado, las nociones elementales de la medicina y sobre todo de la
cirugía; y en un caso dado, pueden curar una fractura o una herida
cualquiera como el primer doctor graduado en una facultad, y esto con
medios muy sencillos, y empleados generalmente con muy buen éxito por
los indios.

El cazador, con la destreza y la habilidad con que verificó la primera
cura del herido, probó que, si sabía hacer daño, también sabía
remediarlo perfectamente.

Los criados contemplaban con creciente admiración a aquel hombre
extraordinario que parecía seria transformado de improviso y procedía
con un aplomo, un golpe de vista y una mano tan ligera, que muchos
médicos le hubieran envidiado.

Mientras se estaba haciendo la cura, el herido volvió en sí y abrió
los ojos, pero permaneció silencioso: su furor se había calmado; su
carácter brutal se hallaba domado por la resistencia enérgica que el
canadiense le opusiera. Como sucede siempre cuando la primera cura está
bien hecha, al primitivo y violento dolor de la herida, había sucedido
un bienestar indefinible; por eso John, agradeciendo, a pesar suyo, el
alivio que experimentaba, sintió fundirse su odio y transformarse en un
sentimiento que aún no acertaba a comprender, pero que a la sazón le
hacía mirar a su adversario de un modo casi amistoso.

Para hacer a John Davis la justicia debida, diremos que no era mejor
ni peor que ninguno de sus colegas que, como él, traficaban en carne
humana: acostumbrado al dolor de los esclavos, a quienes no consideraba
sino como seres privados de razón, como una mercancía en fin, su
corazón se había embotado gradualmente hasta el extremo de no sentir
las emociones dulces: en un negro no veía más que el dinero que había
desembolsado y el que esperaba sacar vendiéndole; y como verdadero
comerciante, tenía mucho apego a su dinero: un esclavo fugitivo le
parecía un miserable ladrón contra el cual se podía emplear cualquier
medio para obligarle a restituirse a poder de su dueño.

Sin embargo, aquel hombre no era inaccesible a todo buen sentimiento,
y aún fuera de su comercio gozaba de cierta fama de bondadoso y pasaba
por un sujeto muy decente.