Texto - "El Capitán Veneno" Pedro Antonio de Alarcón

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En el piso bajo de la izquierda de una humilde pero graciosa y limpia
casa de la calle de Preciados, calle muy estrecha y retorcida en aquel
entonces, y teatro de la refriega en tal momento, vivían solas, esto
es, sin la compañía de hombre ninguno, tres buenas y piadosas
mujeres, que mucho se diferenciaban entre sí en cuanto al ser físico y
estado social, puesto que éranse que se eran una señora mayor,
viuda, guipuzcoana, de aspecto grave y distinguido; una hija suya,
joven, soltera, natural de Madrid, y bastante guapa, aunque de tipo
diferente al de la madre (lo cual daba a entender que había salido en
todo a su padre), y con una doméstica, imposible de filiar o
describir, sin edad, figura ni casi sexo determinables, bautizada, hasta
cierto punto, en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado
favor (como también se lo hizo aquel señor Cura) con reconocer que
pertenecía a la especie humana...

La mencionada joven parecía el símbolo o representación, viva y con
faldas, del sentido común: tal equilibrio había entre su hermosura
y su naturalidad, entre su elegancia y su sencillez, entre su gracia y
su modestia. Facilísimo era que pasase inadvertida por la vía
pública, sin alborotar a los galanteadores de oficio, pero imposible que
nadie dejara de admirarla y de prendarse de sus múltiples
encantos, luego que fijase en ella la atención.

No era, no (o, por mejor decir, no quería ser), una de esas beldades
llamativas, aparatosas, fulminantes, que atraen todas las miradas no
bien se presentan en un salón, teatro, o paseo, y que comprometen o
anulan al pobrete que las acompaña, sea novio, sea marido, sea padre,
sea el mismísimo Preste Juan de las Indias... Era un conjunto sabio
y armónico de perfecciones físicas y morales, cuya prodigiosa
regularidad no entusiasmaba al pronto, como no entusiasman la paz y el
orden; o como acontece con los monumentos bien proporcionados, donde
nada nos choca ni maravilla hasta que formamos juicio de que, si
todo resulta llano, fácil y natural, consiste en que todo es igualmente
bello. Dijérase que aquella diosa honrada de la clase media había
estudiado su modo de vestirse, de peinarse, de mirar, de moverse, de
conllevar, en fin, los tesoros de su espléndida juventud, en tal forma y
manera, que no se la creyese pagada de sí misma, ni presuntuosa, ni
incitante, sino muy diferente de las deidades por casar que hacen feria
de sus hechizos y van por esas calles de Dios diciendo a todo el
mundo: Esta casa se vende... o se alquila.

Pero no nos detengamos en floreos ni dibujos, que es mucho lo que
tenemos que referir, y poquísimo el tiempo de que disponemos.