Texto - "El sombrero de tres picos" Pedro Antonio de Alarcón

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Eran las dos de una tarde de Octubre.

El esquilón de la Catedral tocaba a vísperas, - lo
cual equivale a decir que ya habían comido todas las
personas principales de la ciudad.

Los canónigos se dirigían al coro, y los seglares a
sus alcobas a dormir la siesta, sobre todo aquellos que,
por razón de oficio, v. gr., las autoridades, habían pasado
la mañana entera trabajando.

Era, pues, muy de extrañar que a aquella hora, impropia
además para dar un paseo, pues todavía hacía
demasiado calor, saliese de la Ciudad, a pie, y seguido
de un solo alguacil, el ilustre señor Corregidor de la misma, - a
quien no podía confundirse con ninguna otra
persona ni de día ni de noche, así por la enormidad de
su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa
de grana, como por lo particularísimo de su grotesco
donaire...

De la capa de grana y del sombrero de tres picos, son
muchas todavía las personas que pudieran hablar con
pleno conocimiento de causa. Nosotros, entre ellas,
lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad en
las postrimerías del reinado del Señor Don Fernando
VII, recordamos haber visto colgados de un clavo,
único adorno de desmantelada pared, en la ruinosa
torre de la casa que habitó Su Señoría (torre destinada
a la sazón a los infantiles juegos de sus nietos), aquellas
dos anticuadas prendas, aquella capa y aquel sombrero, el
negro sombrero encima, y la roja capa debajo, formando
una especie de espectro del absolutismo; una
especie de sudario del Corregidor, una especie de caricatura
retrospectiva de su poder, pintada con carbón y
almagre, como tantas otras, por los párvulos constitucionales
de la de 1837 que allí nos reuníamos; una
especie, en fin, de espantapájaros, que en otro tiempo
había sido espanta-hombres, y que hoy me da miedo de
haber contribuido a escarnecer, paseándolo por aquella
histórica ciudad, en días de carnestolendas, en lo alto
de un deshollinador, o sirviendo de disfraz irrisorio al
idiota que más hacía reír a la plebe... ¡Pobre
principio de autoridad! ¡Así te hemos puesto los mismos
que hoy te invocamos tanto!

En cuanto al indicado grotesco donaire del señor
Corregidor, consistía (dicen) en que era cargado de
espaldas..., todavía más cargado de espaldas que el
tío Lucas..., casi jorobado, por decirlo de una vez;
de estatura menos que mediana; endeblillo; de mala
salud; con las piernas arqueadas y una manera de andar
sui generis (balanceándose de un lado a otro y de
atrás hacia adelante), que sólo se puede describir con
la absurda fórmula de que parecía cojo de los dos pies. - En
cambio (añade la tradición), su rostro era regular,
aunque ya bastante arrugado por la falta absoluta de
dientes y muelas; moreno verdoso, como el de casi
todos los hijos de las Castillas; con grandes ojos obscuros,
en que relampagueaban la cólera, el despotismo
y la lujuria; con finas y traviesas facciones, que no
tenían la expresión del valor personal, pero sí la de
una malicia artera capaz de todo, y con cierto aire de
satisfacción, medio aristocrático, medio libertino, que
revelaba que aquel hombre habría sido, en su remota
juventud, muy agradable y acepto a las mujeres, no
obstante sus piernas y su joroba.

D. Eugenio de Zúñiga y Ponce de León (que así se
llamaba Su Señoría) había nacido en Madrid, de familia
ilustre; frisaría a la sazón en los cincuenta y cinco
años, y llevaba cuatro de corregidor en la ciudad de que
tratamos, donde se casó, a poco de llegar, con la principalísima
señora que diremos más adelante.

Las medias de D. Eugenio (única parte que, además
de los zapatos, dejaba ver de su vestido la extensísima
capa de grana) eran blancas, y los zapatos negros, con
hebilla de oro. Pero luego que el calor del campo lo
obligó a desembozarse, vídose que llevaba gran corbata
de batista; chupa de sarga de color de tórtola, muy
festoneada de ramillos verdes, bordados de realce; calzón
corto, negro, de seda; una enorme casaca de la
misma estofa que la chupa; espadín con guarnición de
acero; bastón con borlas, y un respetable par de guantes
(o quirotecas) de gamuza pajiza, que no se ponía nunca
y que empuñaba a guisa de cetro.

El alguacil, que seguía a veinte pasos de distancia al
señor Corregidor, se llamaba Garduña, y era la propia
estampa de su nombre.Flaco, agilísimo; mirando
adelante y atrás y a derecha e izquierda al propio tiempo
que andaba; de largo cuello; de diminuto y repugnante
rostro, y con dos manos como dos manojos de disciplinas,
parecía juntamente un hurón en busca de criminales,
la cuerda que había de atarlos, y el instrumento destinado
a su castigo.

El primer corregidor que le echó la vista encima,
le dijo sin más informes: Tú serás mi verdadero
alguacil... Y ya lo había sido de cuatro corregidores.

Tenía cuarenta y ocho años, y llevaba sombrero de
tres picos, mucho más pequeño que el de su señor (pues
repetimos que el de éste era descomunal), capa negra
como las medias y todo el traje, bastón sin borlas, y una
especie de asador por espada.

Aquel espantajo negro parecía la sombra de su vistoso
amo.