Texto - "Viajes por España" Pedro Antonio de Alarcón

cerrar y empezar a escribir
Atado que hubimos nuestros caballos a los recios troncos de los naranjos
susodichos, emprendimos la subida por la rampa, que nos condujo al
salón-mirador, estancia verdaderamente deliciosa, más propia de una
villa italiana o de un carmen granadino que de un monasterio oculto
en los repliegues y derivaciones de una sierra de Extremadura.

Cuatro son los grandes arcos que ponen el mirador en relación directa
con el rico ambiente y esplendorosa vegetación de aquel amenísimo
barranco. Dos de ellos dan a la parte donde subíamos, sirviendo el uno
de entrada a la rampa, y el otro como de balcón, desde el cual se tocan
con la mano los bermejos frutos de los naranjos del compás, y se
descubre, al través de sus ramas, un elegantísimo ángulo de la contigua
iglesia, de perfecto estilo gótico, cuyas gentiles ojivas, esbeltos
juncos y erguidas agujas, todo ello de una resistente piedra dorada por
los siglos, infunden en el ánimo, en medio de aquellas abandonadas
ruinas, arrogantes ideas de inmortalidad.

Los otros dos arcos miran al Mediodía, y desde ellos se goza de la
apacible contemplación de la Huerta y del bosque de olmos y de todos
los suaves encantos de aquel breve y pacífico horizonte. De dicha
Huerta trepan, como hemos apuntado, hasta penetrar por los arcos
dentro de aquel salón, rosales parietarios y escaladoras enredaderas con
sus elegantes campanillas, que todavía no se habían cerrado aquella
mañana: además, los dos grandes balcones determinados por ambos arcos
tienen el antepecho en la parte o cara interna del recio muro, dejando
destinado todo el ancho de éste a dos extensos arriates o pensiles que
cultivaba Carlos V, y que hoy se cultivan también cuidadosamente.
Geranios, rosales de pitiminí y clavellinas, todo florido, pues ya he
dicho que estábamos en Mayo, vimos nosotros en aquellos dos jardinillos
tan graciosamente imaginados y dispuestos. - Cuando al poco rato llegaron
el Administrador y su señora, supimos que ésta, madrileña de pura raza,
aficionadísima, por consiguiente, a macetas, era la autora del milagro
de que continuasen consagrados a Flora los dos arriates que cuidó en
otro tiempo Carlos de Austria.

Llevo descritos dos lados del salón-mirador, bien que aun me falte
decir que, entre el arco que comunica con la rampa y el otro contiguo,
hay un poyo de piedra, de dos cuerpos, mucho más ancho el de abajo que
el de arriba, que se construyó allí para que Carlos V montase a caballo
más cómodamente...

Por cierto que, según refiere Fr. Prudencio Sandoval en su Historia del
Emperador, las cabalgaduras que éste usaba en Yuste no tenían nada de
cesáreas ni de marciales, pues consistían en una jaquilla bien pequeña
y una mula vieja. ¡Tan acabado de fuerzas estaba aquel que tantas
veces había recorrido la Europa a caballo!

Pero ya que de esto hemos venido a hablar, oigamos describir al mismo
historiador la manera cómo montó a caballo por última vez el
protagonista del siglo de los héroes, el vencedor de mil combates, el
hombre de hierro.

Puesto en la jaquilla, apenas dió tres o cuatro pasos cuando
comenzó a dar voces que le bajasen, que se desvanecía, y como iba
rodeado de sus criados, le quitaron luego, y desde entonces nunca más se
puso en cabalgadura alguna.

Considerad ahora cuántas reflexiones no acudirán a la mente al
contemplar aquel poyo de piedra, terrible monumento que acredita toda la
flaqueza y rápida caducidad de esta nuestra máquina humana, tan
temeraria, impetuosa y presumida en las breves horas de la juventud, si
por acaso le presta sus alas la fortuna..... Mas sigamos nuestra
descripción.

La pared que da al Norte, sólo es notable por lindar con el muro de la
iglesia y porque en aquel lado del salón-mirador hay una pequeña y
preciosa fuente, labrada en la forma y estilo de las que adornan los
paseos públicos o los jardines de los palacios.

Esta fuente tendrá unas dos varas y media de altura, y se compone de
un pilar redondo, del centro del cual sale un recio fuste o árbol, que
luego se convierte en gracioso grupo de niños, muy bien esculpido; todo
ello de una sola pieza y de piedra bastante parecida al mármol, aunque
de la especie granítica. El grupo de niños sostiene una taza redonda, de
la cual fluye por cuatro caños un agua cristalina, sumamente celebrada
por sus virtudes higiénicas. - El Emperador no bebía otra, y nosotros la
probamos también, aunque llevábamos a bordo un vino de primer orden.