Texto - "Derroteros y viages à la Ciudad Encantada, o de los Césares" Pedro de Angelis

cerrar y empezar a escribir
Habiendo, desde mis primeros años, girado el poco comercio que ofrecen
los indios comarcanos, y las jurisdicciones de esta plaza, me fuí
internando, y haciendo capaz de los caminos y territorios de los indios,
y especialmente de sus efectos, como es constante a todos los de esta
plaza. Con este motivo tenia con ellos conversaciones públicas y
secretas, confiandome sus mas reconditos secretos, y contándome sus mas
antiguos monumentos y hechos inmemoriales. Mas entre las varias cosas
ocultas que me fiaban, procuré adquirir noticias, que ya, como sueño ó
imaginadas, oia en esta entre mis mayores; y haciéndome como que de
cierto lo sabia, procuraba introducirme en todas, para lograr lo que
deseaba. Tuve la suerte muchas ocasiones, que los sugetos de mayor
suposicion entre ellos, me revelasen un punto tan guardado y encargado
de todos sus ascendientes; porque aseguraban que de él pendia la
conservacion de su libertad.

Esta es la existencia de una ciudad grande de españoles: mas no
satisfecho con solo lo que estos me decian, seguia el empeño de indagar
la verdad. Para ello cotejaba el dicho de los unos con los informes de
los otros, y hallándolos iguales, se me aumentaba el deseo de saber á
punto fijo el estado de aquella ciudad o reino (como ellos lo nombran),
y tomé el medio de contarles lo mismo que ellos sabian, fingiéndoles que
aquellas noticias las tenia yo y todos los españoles por la ciudad de
Buenos Aires, comunicadas por los indios Pampas, picados de haber tenido
una sangrienta guerra con los mismos Guilliches. Pero que los de
Valdivia nos desentendíamos de ellas, temiendo que el Rey intentase
sacar aquellos rebeldes, en cuyo caso experimentaríamos las
incomodidades que acarrea una guerra. Con oir estas y otras expresiones,
ya me aseguraban la existencia de los Aucahuincas (así los nominan),
el modo y trato de ellos: bien que siempre les causaba novedad, como los
Peguenches, siendo tan acérrimos enemigos de los españoles, diesen una
noticia tan encargada entre ellos para el sigilo; y esto dorado con
algunas razones, producidas en lo inculto de sus ingenios: a lo que
regularmente les contestaba que de un enemigo vil mayores cosas se
podian esperar, aunque no era de las menores el tratarlos de traidores,
y de que como ladrones tenian sitiados y ocultos hasta entonces aquellos
españoles, privando a su Rey de aquel vasto dominio. Este es el arte con
que los he desentrañado, y asegurándome de las exquisitas noticias que
pueden desearse para la mayor empresa, sin que por medio de
gratificacion, ni embriaguez, ya medio rematados, ni otro alguno, jamas
lograse de ellos cosa a mi intento, antes sí una gran cautela en todas
las conferencias que sobre el particular tenia con ellos, cuidaba de
encargarles el secreto, que les convenia guardar, pues sus antepasados,
como hombres de experiencia y capacidad, sabian bien los motivos de
conservarlo. Y si sucedia, como acaeció muchas veces, llevar en mi
compañia alguno o algunos españoles, me separaba de ellos para hablar de
estos asuntos, procurando salir al campo, o a un rincon de la casa con
el indio, a quien le prevenia que callase, si llegaba algun conmpañero
mio, pues no convenia fiar a todos aquel asunto, porque como no eran
prácticos en los ritos de la tierra, saldrian hablando y alborotando.
Este régimen, y la cautela de no mostrar deseos de saber, sino solo
hablar como por pasatiempo de lo que ambos sabíamos, he usado con los
indios sobre treinta años, teniendo la ventaja de hablar su natural
lengua, por cuyo motivo egerzo hoy por este gobierno (despues de otros
empleos militares), el de lengua general de esta plaza, en donde a todos
les consta la estimacion que hacen de mi aquellos naturales. Así adquirí
las evidentes noticias que expongo al Monarca, o a quien hace su
inmediata persona, diciendo:

Que en aquel general alzamiento, en que fueron, (segun antiguas
noticias), perdidas o desoladas siete ciudades, la de Osorno, una de las
mas principales y famosas de aquellos tiempos, no fué jamas rendida por
los indios; porque aunque es cierto, que la noche en que fueron atacadas
todas, segun estaba dispuesto, le acometieron innumerables indios con
ferocidad, hallaron mucha resistencia en aquellos valerosos españoles,
que llevaron el prémio de su atrevida osadia, quedando bastantes muertos
en el ataque, con poca pérdida de los nuestros. Pero sin embargo
determinaron los indios sitiar la ciudad, robando cuanto ganado habia en
los contornos de ella, y frecuentando sus asaltos, en los que siempre
quedaron con la peor parte. Pero, pasados seis o mas meses, consiguieron
por medio de la hambre ponerlos en la última necesidad; tanto que por no
rendirse, llegaron a comerse unos a otros: y noticiosos los indios de
este aprieto, los contemplaron caidos de ánimo, por lo que resolvieron
atacarlos con la ayuda de los que acababan de llegar victoriosos de esta
plaza; y en efecto hicieron el último esfuerzo, envistiéndola con tanta
fiereza que fué asombro. Pero el valor de los españoles, con el auxilio
de Dios, logró vencerlos, matando cuantos osaron subir por los muros,
donde pelearon las mugeres con igual nobleza de ánimo que los hombres; y
aunque vencidos los indios, siempre permanecieron a la vista de la
ciudad, juzgando que precisamente los habia de rendir el hambre, como
tan cruel enemigo. Pero los españoles, cada vez con mas espíritu, se
abastecieron de cadáveres de indios, y reforzados con aquella carne
humana, y desesperados ya de otro recurso, determinaron abandonar la
ciudad, y ganar una península fuerte por naturaleza que distaba pocas
leguas al sur, (cuyo número fijo no he podido averiguar, pero sé que son
pocas) en donde tenian sus haciendas varias personas de la misma Osorno,
de muchas vacas, carneros, granos, &a. Salieron con sus familias, lo mas
precioso que pudieron cargar; con las armas en las manos marcharon,
defendiéndose de sus enemigos, y sin mayor daño llegaron a la península,
la que procuraron reforzarla, y despues de algunos dias de descanso,
hicieron una salida, vengaron en los enemigos su agravio, pues dejaron
el campo cubierto de cadáveres, volviendo a la isla no solo con porcion
de ganado, sino con cuanto los indios poseian, y continuaron
fortaleciéndola.