Texto - "Filosofia fundamental" Jaime Balmes

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El estudio de la filosofía debe comenzar por el examen de las
cuestiones sobre la certeza; antes de levantar el edificio es
necesario pensar en el cimiento.

Desde que hay filosofía, es decir, desde que los hombres reflexionan
sobre sí mismos y sobre los seres que los rodean, se han agitado
cuestiones que tienen por objeto la base en que estriban los
conocimientos humanos: esto prueba que hay aquí dificultades serias.
La esterilidad de los trabajos filosóficos no ha desalentado a los
investigadores: esto manifiesta que en el último término de la
investigación, se divisa un objeto de alta importancia.

Sobre las cuestiones indicadas han cavilado los filósofos de la
manera más extravagante; en pocas materias nos ofrece la historia del
espíritu humano tantas y tan lamentables aberraciones. Esta
consideración podría sugerir la sospecha de que semejantes
investigaciones nada sólido presentan al espíritu y que solo sirven
para alimentar la vanidad del sofista. En la presente materia, como en
muchas otras, no doy demasiada importancia a las opiniones de los
filósofos, y estoy lejos de creer que deban ser considerados como
legítimos representantes de la razón humana; pero no se puede negar al
menos, que en el orden intelectual son la parte más activa del humano
linaje. Cuando todos los filósofos disputan, disputan en cierto modo
la humanidad misma. Todo hecho que afecta al linaje humano es digno de
un examen profundo; despreciarle por las cavilaciones que le rodean,
sería caer en la mayor de ellas: la razón y el buen sentido no deben
contradecirse, y esta contradicción existiría si en nombre del buen
sentido se despreciara como inútil lo que ocupa la razón de las
inteligencias más privilegiadas. Sucede con frecuencia que lo grave,
lo significativo, lo que hace meditar a un hombre pensador, no son ni
los resultados de una disputa, ni las razones que en ella se aducen,
sino la existencia misma de la disputa. Esta vale tal vez poco por lo
que es en sí, pero quizás vale mucho por lo que indica.

En la cuestión de la certeza están encerradas en algún modo todas
las cuestiones filosóficas: cuando se la ha desenvuelto
completamente, se ha examinado bajo uno u otro aspecto todo lo que la
razón humana puede concebir sobre Dios, sobre el hombre, sobre el
universo. A primera vista se presenta quizás como un mero cimiento del
edificio científico: pero en este cimiento, si se le examina con
atención, se ve retratado el edificio entero: es un plano en que se
proyectan de una manera muy visible, y en hermosa perspectiva, todos
los sólidos que ha de sustentar.

Por más escaso que fuere el resultado directo e inmediato de
estas investigaciones, es sobre manera útil el hacerlas. Importa mucho
acaudalar ciencia, pero no importa menos conocer sus límites. Cercanos
a los límites se hallan los escollos, y estos debe conocerlos el
navegante. Los límites de la ciencia humana se descubren en el examen
de las cuestiones sobre la certeza.

Al descender a las profundidades a que estas cuestiones nos conducen,
el entendimiento se ofusca y el corazón se siente sobrecogido de un
religioso pavor. Momentos antes contemplábamos el edificio de los
conocimientos humanos, y nos llenábamos de orgullo al verle con sus
dimensiones colosales, sus formas vistosas, su construcción galana y
atrevida; hemos penetrado en él, se nos conduce por hondas cavidades,
y como si nos halláramos sometidos a la influencia de un encanto,
parece que los cimientos se adelgazan, se evaporan, y que el soberbio
edificio queda flotando en el aire.

Bien se echa de ver que al entrar en el examen de la cuestión
sobre la certeza no desconozco las dificultades de que está erizada;
ocultarlas no sería resolverlas; por el contrario, la primera
condición para hallarles solución cumplida, es verlas con toda
claridad, sentirlas con viveza. Que no se apoca el humano
entendimiento por descubrir el borde más allá del cual no le es dado
caminar; muy al contrario esto le eleva y fortalece: así el intrépido
naturalista que en busca de un objeto ha penetrado en las entrañas de
la tierra, siente una mezcla de terror y de orgullo al hallarse
sepultado en lóbregos subterráneos, sin más luz que la necesaria para
ver sobre su cabeza inmensas moles medio desgajadas, y descubrir a sus
plantas abismos insondables.

En la oscuridad de los misterios de la ciencia, en la misma
incertidumbre, en los asaltos de la duda que amenaza arrebatarnos en
un instante la obra levantada por el espíritu humano en el espacio de
largos siglos, hay algo de sublime que atrae y cautiva. En la
contemplación de esos misterios se han saboreado en todas épocas los
hombres más grandes: el genio que agitara sus alas sobre el Oriente,
sobre la Grecia, sobre Roma, sobre las escuelas de los siglos medios,
es el mismo que se cierne sobre la Europa moderna. Platon,
Aristóteles, san Agustín, Abelardo, san Anselmo, santo Tomás de
Aquino, Luis Vives, Bacon, Descartes, Malebranche, Leibnitz; todos,
cada cual a su manera, se han sentido poseídos de la inspiración filosófica,
que inspiración hay también en la filosofía, e inspiración sublime.

Todo lo que concentra al hombre llamándole a elevada contemplación en
el santuario de su alma, contribuye a engrandecerle, porque le despega
de los objetos materiales, le recuerda su alto origen, y le anuncia su
inmenso destino. En un siglo de metálico y de goces, en que todo
parece encaminarse a no desarrollar las fuerzas del espíritu, sino en
cuanto pueden servir a regalar el cuerpo, conviene que se renueven
esas grandes cuestiones, en que el entendimiento divaga con amplísima
libertad por espacios sin fin.