Texto - "Las Furias" Pío Baroja

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El capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera
un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al
escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de
harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un
interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude
salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa
como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.

Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión
del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha
guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario,
con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por
oficiales.

El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dio una tarjeta para que
visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las
Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé
bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la
ciudad, cerca de la capilla de San Magín.

Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras,
tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me
alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de
atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla.

Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida;
pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y
costumbres, quedamos en que comería con ellas.

Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un
comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña
Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy
amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina,
Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca
grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados.
Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con
quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se
consideraba como viuda.

A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre
Astrea y Artemisa.

El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra
me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras
de mi casa largamente y les conté mi vida.

Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi
madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos.

- Es extraño - me dijeron varias veces, una y otra. Usted no tiene
nada de andaluz.

La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona.
Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años,
no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo
del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que
prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a
todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con
las Celestinas del pueblo.

El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy
déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las
casas más lujosas de la Rambla de San Carlos.

En los días siguientes de mi estancia allí me fui haciendo cada vez
más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande,
espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse
en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un
estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron
mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato,
muy cómodo.

Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda,
el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias
estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me
dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi
cuarto me bastaba.

Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con
mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde
mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a
la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la
izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques
de palmeras, de limoneros y de almendros.

Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes
cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade.