Texto - "Recuerdos de mi vida" Santiago Ramón y Cajal

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Porque, según es harto sabido, cada cual busca instintivamente
aquello de que carece, y se aburre y molesta al ver reflejados en
los otros iguales defectos de carácter, sin las virtudes y talentos
que la Naturaleza le negó. A la manera del concierto musical, la
armonía moral resulta, no del unísono vibrar de muchos diapasones,
sino de la combinación de notas diferentes. Por mi parte, siempre
he sentido antipatía hacia esas familias homogéneas, cuyos miembros
parecen cronómetros fabricados por la misma mano, en las cuales, una
palabra lanzada por un extraño provoca reacciones mentales uniformes,
comentarios concordantes. Diríase que las lenguas todas de la familia
están unidas a un hilo eléctrico y regidas por un solo cerebro.
Afortunadamente, y en lo referente a nosotros, la heterogeneidad del
medio moral, es decir, las condiciones algo diversas en que cada uno de
mis hermanos ha vivido, han atenuado mucho los enfadosos efectos de la
uniformidad psicológica y temperamental.

Pero no debo quejarme de la herencia paterna. Mi progenitor era
mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades.
Con su sangre me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que soy:
la religión de la voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción
de que el esfuerzo perseverante y deliberado es capaz de modelar y
organizar desde el músculo hasta el cerebro, supliendo deficiencias de
la Naturaleza y domeñando hasta la fatalidad del carácter, el fenómeno
más tenaz y recalcitrante de la vida. De él adquirí también la hermosa
ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el
logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos
segundos y causas menudas. De sus excelencias mentales, faltóme,
empero, la más valiosa quizá: su extraordinaria memoria. Tan grande
era, que cuando estudiante recitaba de coro libros de patología en
varios tomos, y podía retener, después de rápida lectura, listas con
cientos de nombres tomados al azar. Con ser grande su retentiva natural
u orgánica, aumentábala todavía a favor de ingeniosas combinaciones
mnemotécnicas que recordaban las tan celebradas y artificiosas del
abate Moigno.

Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre, recordaré en breves
términos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés (Huesca),
con hermanos mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba
heredar y cultivar los campos del no muy crecido patrimonio, tuvo que
abandonar desde muy niño la casa paterna, entrando a servir en concepto
de mancebo, a cierto cirujano de Javierre de Latre, aldea ribereña
del río Gállego, no muy lejana de Anzánigo. Aprendió allí el oficio
de barbero y sangrador, pasando en compañía de su amo, un benemérito
cirujano romancista, ocho o diez años consecutivos.

Otro que no hubiese sido el autor de mis días, habría acaso considerado
su carrera como definitivamente terminada, o hubiera tratado de obtener
como coronamiento de sus ambiciones académicas, el humilde título de
ministrante; pero sus aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes
curas hechas por su amo, la lectura asidua de cuantos libros de cirugía
encontraba (de que había copiosa colección en la estantería del
huésped), el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos de cirugía
y medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del
mancebo, le confiaba, despertaron en él vocación decidida por la
carrera médica.

Resuelto, pues, a emanciparse de la bajeza y estrechez de su situación,
cierto día (frisaba ya en los veintidós años), sorprendió a su amo
con la demanda de su modesta soldada. Y despidiéndose de él, y en
posesión de algunas pesetas prestadas por sus parientes, emprendió a
pie el viaje a Barcelona, en donde halló por fin, tras muchos días
de privación y abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo maestro le
consintió asistir a las clases y emprender la carrera de cirujano.

A costa, pues, de la más absoluta carencia de vicios, y sometiéndose
a un régimen de austeridad inverosímil, y sin más emolumentos que
el salario y los gajes de su mancebía de barbero, logró mi padre el
codiciado diploma de cirujano, con nota de Sobresaliente en todas
las asignaturas, y habiendo sido modelo insuperable de aplicación y de
formalidad. Allí, en esa lucha sorda y obscura por la conquista del
pan del cuerpo y del alma, bordeando no pocas veces el abismo de la
miseria y de la desesperación, respirando esa atmósfera de indiferencia
y despego que envuelve al talento pobre y desvalido, aprendió mi padre
el terror de la pobreza y el culto un poco exclusivo de la ciencia
práctica, que más tarde, por reacción mental de los hijos, tantos
disgustos había de proporcionarle y proporcionarnos.

Años después, casado ya, padre de cuatro hijos, y regentando el partido
médico de Valpalmas (provincia de Zaragoza), dió cima a su ideal,
graduándose de Doctor en Medicina.

Cuento estos sucesos de la biografía de mi padre, porque sobre ser
honrosísimos para él, constituyen también antecedentes necesarios de mi
historia. Es indudable que, prescindiendo de la influencia hereditaria,
las ideas y ejemplos del padre, representan factores primordiales de
la educación de los hijos, y causas, por tanto, principalísimas de los
gustos e inclinaciones de los mismos.