Texto - "Fortuna" Enrique P. Escrich

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Cuando Polonia recobró el conocimiento era de noche; quiso gritar, pero
la mordaza ahogaba su voz en la garganta y su corazón latía de un modo
violento.

Se levantó como pudo; sintió grandes dolores en todo su cuerpo. Comenzó
a subir la rampa del barranco con gran fatiga.

Una vez en la carretera, echó a correr hacia el pueblo.

El cielo se había encapotado, el viento producía en las hojas de los
árboles ese ruido que imita el eterno movimiento de las olas del mar al
estrellarse sobre las rocas de las costas.

Este cambio repentino de tiempo, tan frecuente en el mes de agosto, no
fue apercibido por Polonia, que corría y corría siempre, respirando de
un modo fatigoso.

Ya cerca del pueblo vio venir gente hacia ella.

Eran don Salvador, el alcalde y el secretario, que, extrañándoles la
tardanza de Juanito, iban en su busca.

Al ver a Polonia amordazada y con las manos atadas a la espalda, don
Salvador lanzó un grito de espanto, como si lo adivinara todo.

El alcalde y el secretario quitaron la mordaza y las ataduras de las
manos de Polonia, que cayendo de rodillas a los pies de su buen amo,
sólo pudo decir:

--¡Me han robado a Juanito, señor, me lo han robado!...

Y volvió a desmayarse.

Don Salvador se quedó aterrado, le flaquearon las piernas y se abrazó al
cuello del alcalde para no caerse.

Afortunadamente, la pareja de la guardia civil, que salía del pueblo a
hacer el servicio nocturno de carretera, llegó a tiempo y pudieron
conducir hasta su casa a don Salvador y a Polonia.