Texto - "Gloria" Benito P. Galdós

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Gloria volvió al lado de su padre. Andaba en los dieciochos años y
era de buena estatura, graciosa, esbelta, vivísima, muy inquieta.
Su rostro, por lo común descolorido en las mejillas, revelaba un
desasosiego constante, como de quien no está donde cree deber estar,
y sus ojos no podían satisfacer con nada su insaciable afán de
observación. Allí dentro había un espíritu de enérgica vitalidad
que necesitaba emplearse constantemente. ¡Encantadora joven! A
todo atendía, cual si nada ocurriese en la creación que no fuese
importantísimo; atendía a la hoja desprendida del árbol, a la mosca
que pasaba zumbando, a cualquier ruido del viento o bullanga de los
chicos en el camino.

Su fisonomía, parlante y expresiva como ninguna, no carecía de
defectos; más eran de esos que no sólo se perdonan, sino que se
admiran. Era su boca un poquito grande y su nariz casi más pequeña
de lo regular: pero el conjunto no podía ser más hechicero. Sus
labios encendidos eran la más hermosa y dulce fruta que puede
ofrecerse en el árbol de la belleza a los hambrientos antojos del
amor. Contrastaba con la frescura de esta golosina la exaltación,
la flamígera viveza de sus ojos negros, que tan pronto resplandecían
con súbito rayo, tan pronto se abatían con lánguida pereza. Sobre
estos dos astros aleteaban sus grandes pestañas. Mirando como miraba,
ponía en sus ojos el reflejo de una conciencia pura. Aquella profunda
sensibilidad, dispuesta a desarrollarse a tiempo, y que, no encendida
todavía con verdadero fuego, a todas horas echaba chispas; aquel
claro afán de sentir fuerte estaba tan lleno de honestidad, como el
de algunas que por este medio han llegado a la canonización. El que
no lo quiera creer que no lo crea.

Vestía la preciosa criatura a la moda, con elegancia no afectada.
Todo participaba en ella de la gracia de su persona, y ningún
pormenor de su peinado y de su ropa podía estar de otra manera que
como estaba.