Texto - "El prisionero de Zenda" Anthony Hope

cerrar y empezar a escribir
Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bien
puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras una
noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un
coche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseaba
hallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba el
mismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sin
que ella lo notase.

Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo
administrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizo
recordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unos
periódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Por
motivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamente
la fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo el
país se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la
capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles
alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtener
hospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precio
exorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población a
quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo
iba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente,
martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas,
dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el
miércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.

Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora de
Maubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por
lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no había
tenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en la
sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo
habíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.

Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada,
presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y
tranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en la
capital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque el
testamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de las
posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba
majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media
legua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía no
ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.