Texto - "El paraíso de las mujeres" Vicente Blasco Ibáñez

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No necesita usted de grandes esfuerzos mentales para formarse una idea
aproximada de lo que éramos las mujeres en este país antes de que
ocurriese la Verdadera Revolución. Por lo que he leído en algunos libros
que trajo el viejo sabio compañero de Eulame, sé que las mujeres han
llevado en la tierra de los gigantes, y tal vez llevan todavía, una
existencia deplorable. Las rodean de grandes muestras de respeto y
cariño, como si fuesen unos animales hermosos desprovistos de alma; los
poetas cantan sus virtudes; pero los hombres se indignan y protestan en
masa siempre que las mujeres piden una participación directa en el
desarrollo y la dirección del país que habitan. ¡Mucho besar su mano y
quedar ante ellas con la cabeza descubierta y acoger sus palabras con
gestos galantes de protección o admiración!... Pero apenas representan
un obstáculo para el egoísmo del hombre, éste las repele o las
atropella, resucitando su animalidad de las épocas remotas.

Así, poco más o menos, éramos nosotras en el tiempo de los emperadores.
Los hombres, para sostener su despotismo, ensalzaban los méritos de la
mujer recluida en la casa, llevando una existencia de esclava y
administrando con economía la fortuna del marido. Las mujeres con el
alma somnolienta, sin iniciativas, sin voluntad, y que apenas sabían leer
y escribir, resultaban el tipo perfecto de la dama honesta.

Indudablemente serían así las que vio a través de los ventanales del
palacio imperial el primer Hombre-Montaña que vino a nuestro país. Pero
el progreso, que transformó fulminantemente en los tiempos de Eulame la
vida de los hombres, también cambió con no menos rapidez la mentalidad
de las mujeres. Leyeron, salieron a la calle, se interesaron por los
asuntos públicos, frecuentaron las universidades. Las que eran pobres
quisieron ganar su vida y no deberla a la gratitud amorosa de un hombre,
considerando el trabajo como un medio de libertad e independencia. No
vieron ya un misterio en los estudios científicos, que habían sido
patrimonio hasta entonces de los hombres, y se asociaron lentamente para
una acción común todavía no bien determinada.

Conozco los trabajos de las mujeres en este período de gestación
revolucionaria. Los conozco no solamente por los libros, sino por algo
más directo y viviente. Mi abuela fue una de las agitadoras en este
período difícil y glorioso.

Le confesaré, gentleman, que no todas las mujeres tenían una idea exacta
del papel que les tocaba desempeñar. Las había tímidas,
contemporizadoras, sentimentales, de las que necesitan al hombre para
vivir y consideran que el amor es la principal ocupación femenina.

No las critico ni las excuso; nadie puede decir con certeza quién tiene
razón y quién no la tiene. ¡Cambiamos de creencias con tanta facilidad
los seres humanos!... Antes de que usted viniese a este país yo pensaba
de un modo, y ahora reconozco que veo las cosas de distinta manera....
Pero no nos salgamos de la lección.

Digo que eran muchísimas las mujeres convencidas de que los hombres
gobernaban mal, pero que únicamente pretendían colaborar con ellos,
participando de dicho gobierno. Se daban por contentas con que el tirano
les dejase un hueco a su lado, cediéndoles una pequeña parte de su
soberanía. Pero otras (y entre ellas mi valerosa abuela) odiaban al
hombre, estaban convencidas de que éste había hecho todo lo que podía
hacer, dando pruebas indudables de su incapacidad y su barbarie, y era
inútil esperar que se corrigiese, empezando una nueva existencia.
Mientras el hombre gobernase, las leyes serían injustas, la vida
ordinaria una batalla de hipocresías y egoísmos, y la guerra la única
solución de todas las cuestiones. Había que vencer al hombre, había que
dominarlo, obligándole a bajar del pedestal que él mismo se había
erigido. La única solución era tenerle en un estado dependiente e
inferior, igual al de la mujer durante siglos y siglos.

Adivino en su rostro la curiosidad. Se pregunta usted cómo pudo
realizarse esta maravillosa reversión en la preeminencia de los sexos.

Era empresa difícil ... pero al fin triunfamos, como va usted a ver.