Texto - "Córdoba" Pedro Madrazo

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Es preciso conocer a fondo la arquitectura árabe. La arquitectura árabe
no es primitiva, es derivada; pero no es tampoco posible convenir en que
sea una simple restauracion del arte antiguo. Desarrolló sobre las
líneas romanas formas caprichosas, y logró hacer desaparecer sus plagios
bajo la oriental armonía del conjunto. Adoptó, ademas de las líneas
romanas, el capitel bizantino, el abaco de los egipcios, la ojiva de los
cruzados, el ornato de los arquitectos del bajo imperio; mas combinó con
tanto acierto y novedad estos confusos elementos, que identificada con
ellos se presentó original como la mejor de las arquitecturas a que dió
origen la edad media. La arquitectura árabe es indudablemente una
paradoja: está compuesta de miembros heterogéneos y forma sin embargo un
cuerpo del todo compacto y homogéneo; apenas tiene un detalle suyo, y es
sin embargo suyo el conjunto. Es generalmente sensualista y caprichosa:
se apodera hoy de un arco, de un adorno, de una forma cualquiera, y
mañana hace ya con ella mil combinaciones; busca para mejor deslumbrar
los mármoles mas preciados, dora los capiteles, pinta el fondo de los
relieves, engasta ópalos y cornalinas en las celosías, forma con menuda
piedra los mosáicos, distribuye con profusion y de la manera mas vistosa
todos los elementos de que dispone, columnas, arcos, cúpulas y
cupulinos, almocárabes, cintas, hojas, entrelazos, flores; procura que
cada monumento tenga su perspectiva, estudia con detencion cómo ha de
sorprender los sentidos, y apela para alcanzarlo no solo al arte, sino á
la vegetacion, a la naturaleza. Llevó en su último período al estremo
este sensualismo; mas no en el primero, en que procuró conservar siempre
un carácter esencialmente religioso. Las columnas de sus mezquitas
aparecen casi entre tinieblas; los ajimeces no derraman sobre ella mas
que una luz dudosa. Sus techos de cedro son bajos y de sencillos
artesones; sus ricas capillas de mosáico y oro estan cubiertas de
misterio. Sus ostentosos mihrabs respiran la mayor magnificencia y
hermosura; pero yacen también en la oscuridad y no es posible distinguir
sus detalles sino a la luz de la lámpara que baja del centro de la
bóveda. La mayor parte de los capiteles no estan mas que bosquejados; la
ornamentacion es severa; las inscripciones escritas en las portadas
encierran casi siempre un sentido muy profundo. Las paredes son muros
almenados, ceñidos de torreones; los patios, vastos cuadros en que crece
cuando mas el arrayan a las orillas de un estanque. Llevan las fachadas
bellísimos relieves; pero está muy lejos de respirar la suntuosidad del
interior, donde el arte desarrolla el inagotable tesoro de sus variadas
y caprichosas formas.

El primer período de esta arquitectura corresponde a la época religiosa
de la historia de los árabes: ¿cómo podia el artista, que vive de la
vida de su siglo, dejar de inspirarse en los libros sagrados, ni dejar
de obedecer a la irresistible fuerza de las creencias nacionales? Toda
religion es en sus principios misteriosa y sombría: señala con la mano
el cielo y hace olvidar la tierra; preocupa con la idea de una vida
futura el entendimiento y arroja al hombre en el mas ascético
estoicismo. Personifica en Dios mas el poder que el amor, mas la
justicia que la misericordia; le presenta colérico y dispuesto á
precipitar al fondo de los abismos a cuantos no hayan concentrado en él
su corazon y su inteligencia; impone los ánimos por medio del terror, y
convierte a los pueblos mas bien que en creyentes, en esclavos de la
creencia. El mahometismo procedió del mismo modo; y el arte, aun
disponiendo de elementos llenos de gracia y de belleza, no pudo menos de
comunicar severidad a la mayor parte de sus obras. Relajóse algo despues
el esclusivismo; mas la arquitectura lejos de sentir esta relajacion,
fue aun mejorando y armonizando mas y mas sus formas, fue dulcificando
su carácter, fue embelleciéndose y procurando con mayor ahinco cautivar
los ojos y la fantasía. No decayó sino mucho mas tarde, cuando ya
quebrantada la unidad política quedó minado por su base el sistema del
Profeta, cuando no era ya la religion mas que un vano simulacro, cuando
cada valí aspiraba a la corona y cada árabe se creía con derecho para
levantar un rey sobre su escudo. Siguió aun entonces ataviándose; pero
con adornos frívolos, con esos adornos de la Alhambra, bellos y
brillantes, sí, pero falsos, poco artísticos, destituidos los mas, si no
de gusto, de sentido. No es solamente en la Alhambra donde debe ser
estudiado el estilo de los árabes; merece ser estudiado en Sevilla, y,
mas aun que en Sevilla, en Córdoba, en esa Córdoba medio musulmana aun
despues de haber pasado sobre ella la tea de las discordias civiles, la
espada de los reyes cristianos, el hacha de las revoluciones y el pico
de la ignorancia y la barbarie. El Alcázar de Sevilla es casi una
reproduccion del de Granada; mas la mezquita de Córdoba, ademas de ser
un monumento del todo original en su género, es el álbum en que está
consignada toda la historia del arte árabe, es la obra en que cabe
seguir paso por paso la infancia, la virilidad, hasta la decadencia de
ese estilo oriental que tanto os habrá hecho gozar y soñar en medio de
estos encantados salones que perfuma aun el aliento de las flores, anima
el murmullo de las fuentes, poetiza el recuerdo de los hechos en ellos
ocurrídos y cubre de interes la tradicion y la leyenda.