Texto - "Insolación y Morriña Dos historias amorosas" Emilia Pardo-Bazán

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Ante estos argumentos irrefutables cedía la acción bienhechora de la
tila, y Asís iba experimentando otra vez terrible desasosiego y sofoco.
El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos,
y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos a
fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella. Ardía la cama y
también el cuerpo de la culpable, que, como un San Lorenzo en sus
parrillas, daba vueltas y más vueltas en busca de rincones frescos, al
borde del colchón. Convencida de que todo abrasaba igualmente, Asís
brincó de la cama abajo, y blanca y silenciosa como un fantasma entre la
penumbra de la alcoba, se dirigió al lavabo, torció el grifo del
depósito, y con las yemas de los dedos empapadas en agua, se humedeció
frente, mejillas y nariz; luego se refrescó la boca, y por último se
bañó los párpados largamente, con fruición; hecho lo cual, creyó sentir
que se le despejaban las ideas y que la punta del barreno se retiraba
poquito a poco de los sesos. ¡Ay, qué alivio tan rico! A la cama, a la
cama otra vez, a cerrar los ojos, estarse quietecita y callada y sin
pensar en cosa ninguna...

Sí, a buena parte. ¿No pensar dijiste? Cuanto más se aquietaban los
zumbidos y los latidos, y la jaqueca y la calentura, más nítidos y
agudos eran los recuerdos, más activas y endiabladas las cavilaciones.