Texto - "Viaje a los Estados Unidos" Fidel Guillermo Prieto

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La mesa está cubierta de platos y escudillas pequeñas con manjares, si
es que tan lisonjero nombre puede darse a esas confecciones inventadas
expresamente para martirio y sonrojo de los estómagos.

Maíces fresquecitos acabados de llegar de la milpa y a medio cocer,
nadando en leche, con trozos de huevo empedernido, jitomates crudos
que fungen, bien como frutas, bien como materia prima para ensalada,
ramas colosales de ápio, erguidas sobre picheles y jarrones, tortillas
de huevo que rociadas con melaza sirven de dulce, mantequilla que
se mezcla indistintamente a las frutas, a las conservas y a las más
repugnantes grasas, y unos pasteles de intestinos de calabaza mezclados
con ruibarbo, capaces de resucitar a un muerto si se le pasa por la
nariz.

Pero este es solo el pretexto; la verdadera confeccion de los manjares
reside en el convoy, ó lo que se llama las angarillas ó aceiteras y
sus adminículos.

Todos los cáusticos, todos los tósigos, todos los similares del
aguarrás, del álcali y del petróleo, están encerrados en botellitas que
hacen temblar las carnes, con los nombres de salsas, pikles, pimientas,
polvos y sazones.

Llega el manjar, y caldo ó carne todo es uno, llueven polvos, vinagres,
melazas, el caos de los sabores, la Babel de los tósigos; aquello se
devora y su hervor se apaga con cerveza ó se inunda en agua, varias
veces nauseabunda....

La mesa era, pues, la béstia negra para mis compañeros y para mí; pero
pasadas sus embestidas, renacia el buen humor y se trataba de comunicar
variedad al triste encierro que nos sujetaba.

El piano levantaba los ánimos, el aprendizaje del idioma estrechaba
los vínculos, y la amabilidad mexicana hizo tales conquistas, que a
poco tiempo los chinos ensayaban dancitas, los empleados tarareaban
el sombrero ancho, el servicio se relajaba y el capitan se tiraba
las barbas al ver que la fiebre mecsicana hubiese invadido su ántes
silenciosa y austera mansion.

Un pasajero de la Baja California, ancho de espaldas, resuelto de
mirada, pero de finas maneras, me sorprendió en la tarde dirigiendo
piropos a las nubes, extasiado con el espectáculo magnífico de la caida
del sol (ya es conocida de mis amigos mi manía de declamar mis versos
al improvisarlos, manía que me ha valido algunos chascos).

El cuadro que yo tenia delante de los ojos era de una grandiosidad
inexplicable.

Moles inmensas de nubes veíanse tendidas y como superpuestas en la
dilatada extension del horizonte; sobre aquella gradería aérea se
condensaban grupos de nubes formando árboles, arcos, pirámides,
cabezas de monstruos con garras y alas, caballos, columnas, ancianos
de profusa barba y dragones gigantescos: de las extremidades de ese
horizonte amplísimo colgaban cortinajes caudalosos de púrpura, que se
revolvian ó se derramaban sobre las gradas: el sol, primero apareció
como en el centro de un pórtico fantástico y fué descendiendo tras
la gradería, trasparentándola, tiñéndola de escarlata, bordando de
oro los cortinajes, circuyendo de ráfagas, árboles, arcos y columnas,
dejando como en la sombra, rocas, ancianos y monstruos; descendió más
y el globo inmenso de fuego tornó en raudalosas cataratas de llama las
gradas, apareciendo el astro rey ahogándose en el infinito de luz que
reproducian las aguas como incendiándose, en tanto que vislumbraba la
luna en Oriente como inundada en lágrimas al presenciar la agonía de
su hijo, el padre del dia.... El cuadro, aunque desnaturalizado por
mi pluma, era magnífico, la tripulacion entera asistia a él, ébria de
deliciosa admiracion. Yo estaba aislado, y como digo, declamando no sé
cuantos disparates.... sentí a mi espalda un ruido y era el pasajero
que me decia:
- Continúe vd., señor.... continúe vd., yo rezaba también como vd.

El pasajero es amigo del Sr. Pedrines, vecino de la Baja California,
con quien por tal motivo contraje relacion.