Texto - "El papagayo de huichilobos" Mariano Silva

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Nunca he dormido tan bien como la primera noche que pasé en aquella
modesta alcoba. A pesar de haber dejado abierta la ventana, pues lo
permitía la temperatura, no sufrí ruido molesto de ninguna especie.
Al contrario, creo que me arrulló suavemente el constante y sonoro
toque de campanas.

Desperté temprano, como es mi costumbre, y desde el lecho empecé a
admirar de nuevo el grato aspecto de mi balcón florido: las
hortensias, con sus esferas de azul y rosa; las azáleas y geránios,
con sus variados tonos de rojo y blanco; mas ¿qué era esa flor
maravillosa, en el centro de todas, en la cual no había yo reparado
la víspera?

Salté del lecho, y ví con sorpresa que no era flor alguna, sino un
pájaro que se posaba en el barandal del balcón. Me acerqué con
grandísima cautela, por miedo de auyentarlo. Al principio lo tomé
por un loro, pero enseguida comprendí que era de mayor tamaño. No
intentaré describir su maravilloso plumaje, porque no podría
hacerlo. Sólo diré que me hizo la impresión de una joya inmensa,
esmaltada con los colores más vivos que puedan imaginarse: verde,
azul, rojo, amarillo....

No sé cuanto tiempo permanecí asombrado. Sólo sé que repentinamente
experimenté una sensación extraña, una codicia exagerada de poseer
tan exótica ave. Sentí lo que debe sentir el ladrón cuando se
propone apoderarse de lo ajeno, y me dí plena cuenta, en aquellos
instantes, de que cometería cualquier crimen, con tal de hacerme con
ese pájaro de rico plumaje. Largo espacio de tiempo permanecí
inmóvil, pensando en la mejor manera de llevar a cabo mi intento. El
ave movía ligeramente las alas, que brillaban fantásticamente como
abanicos de esmeraldas; y con la certeza de que no podría yo asirla
viva, decidí darle muerte. Con la mayor cautela, tomé un grueso
bastón que solía acompañarme en mis viajes, y conteniendo la
respiración y avanzando unos pasos, le asesté tremendo golpe sobre
el ala izquierda, que sonó seco y lastimero contra el barandal de
hierro. Cayó el pájaro a la calle y yo, por lo pronto, no me atreví
a asomarme, temiendo que algún transeunte fuese testigo de mi acción
nefanda. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; me sentí culpable y
avergonzado, como debió sentirse el viejo marinero del poema cuando
dió muerte al albatros con su ballesta.

Por fin me asomé. Ni el pájaro yacía en la casi desierta calle ni
advertí trazas de sangre en el barandal de la ventana. A poco tuve
todo aquello por una alucinación y quedé desconcertado. ¿Sería un
preludio de locura?