Ejercicio de mecanografía: "Un libro para las damas" María del Pilar Sinués
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Ejercicio de mecanografía: "Un libro para las damas" María del Pilar Sinués
No es la poesía tan sólo aquel rayo que ilumina la mente del que hace versos.
La poesía está en el mundo bajo diversas formas, y vive entre nosotros sin que nos apercibamos de su presencia.
La poesía en la mujer es hermana del sentimiento, es la blanca y perfumada flor que brota en el corazón: cuando el huracán del dolor ha agostado todas las demás flores del alma, la de la poesía desplega su corola más hermosa que nunca.
Las lágrimas son su rocío; la resignación es el sol benéfico que la calienta con sus tibios resplandores.
La poesía es la compañera inseparable de la mujer buena y la que embellece el hogar doméstico. ¡Desgraciada la mujer que la desconoce, y desgraciado también el hombre que busca, para compañera suya, una mujer prosaica y materialista! Si busca un alma fría, se encontrará con un alma dura; si busca un corazón destituido de ilusiones, será fácil que halle un corazón vacío y desgarrado.
Toda mujer que cuida de embellecer su casa y de hacer dichosa a su familia, tiene un alma poética.
Una madre meciendo a su hijo sobre sus rodillas, junto a un balcón entoldado de flores, está rodeada, a mis ojos, de una poesía tan bella como elocuente.
Una joven sentada al lado de su anciano padre, leyendo con suave y dulce voz, para distraerle en las largas noches de invierno, ofrece un cuadro de tierna y sublime poesía.
No he conocido un ser más poético que una joven, hija de un anciano militar, que se casó con un pobre empleado de pocos años y de menos haberes: yo la conocí después de casada y madre de un niño de algunos meses; vivía además con ellos su anciano padre, compartiendo la modesta y casi mísera existencia de sus hijos.
El tedio se apoderaba de mi ánimo cuando iba con mi madre a casa de alguna de sus opulentas y ociosas amigas: mi corazón, tan joven que aún no sabía darse cuenta de sus emociones, se adormecía en el fondo de mi pecho.
Aquella monótona magnificencia; aquellos salones en los que el lujo se aglomeraba bajo mil diferentes aspectos, respirando en todos la vanidad; aquellas pesadas colgaduras de seda, que velaban el resplandor del sol; aquellos divanes, en fin, destinados a enervar en una soñolienta molicie al que los ocupase, me causaban un hastío que no podía vencer.
¡Con qué afán deseaba que mi madre me concediera permiso para ir a casa de mi joven amiga!
Margarita me atraía con una simpatía incomprensible en mi edad, pues yo no tenía aún doce años, y la amaba con la mayor ternura. Ella contaba apenas veintidós primaveras, y su carácter, lleno de una apacible alegría, alejaba de aquella casa a la tristeza, que no perdía la ocasión de asomar a la puerta su torva faz.
Mi amiga cuidaba de su padre, de su esposo y de su hijo: su cariñoso esmero se extendía también al balcón de su cuarto, que era un verdadero jardín, y a dos tórtolas que, prisioneras en una jaula de cañas, colocada entre las macetas, se arrullaban dulcemente y se alisaban con su pico la delicada y sedosa pluma.
Siempre que iba yo a ver a Margarita la encontraba en su casa; su pequeño gabinete no tenía otros muebles que algunas sillas de enea, una mesa de graciosa hechura, sobre la cual había siempre dos jarros de loza llenos de flores, y un armario y la cuna del niño, velada con cortinas de muselina blanca: junto a aquella cuna bordaba Margarita todo el tiempo que la dejaban libre sus deberes domésticos; el sueldo de su esposo era muy corto, y ella hacía el sacrificio de sus horas de reposo, entregándose a aquella ocupación que producía algún dinero, con que contribuía al bienestar de su familia. Los que dicen que el trabajo perjudica a la salud, asientan un error: Margarita era un prodigio de belleza floreciente, de dulce y encantadora lozanía: cubría sus mejillas un sonrosado delicioso, y sus ojos brillaban con la dicha y el contento.
La ocupación continua es lo que conserva la tranquilidad en el espíritu de la mujer, lo que le trae una grata calma, y esa alegría igual y dulce que nace de la quietud del ánimo; el ocio es su más cruel enemigo, porque el ocio vicia su corazón, embota su entendimiento, hiela su alma y adormece todos sus buenos instintos.
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