Texto - "Amor y Pedagogía" Miguel de Unamuno

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Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los
matrimonios pueden ser inductivos o deductivos. Ocurre, en efecto, con
harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con
un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las
cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le
meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no
halla mejor medio de salir a flote que no sea haciendo suyo el garboso
cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que le tiene.
He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar
a cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le
falta, y sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa á
buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por
sensación de carencia se le revela. Busca mujer entonces y con ella se
casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale a decir que, o ya
precede la novia a la idea de casarse, conduciéndonos aquélla a ésta, o
ya el propósito del casorio nos lleva a la novia. Y el matrimonio del
futuro padre del genio tiene que ser, ¡claro está!, deductivo.

Y como un hombre moderno, por mucho que en la pedagogía sociológica
crea, no puede dejar de creer en la ley de la herencia, cavila noche
y día Avito acerca del temperamento, idiosincrasia y carácter que su
colaboradora ha de tener. Porque eso de que el huevecillo del futuro
genio haya de ser un huevecillo como los demás, está bien en teoría,
como postulado y punto de arranque de nuestra pedagogía, para los
matriculados en ciencias, pero... ¿hemos de despreciar el instinto? A
buscar, pues, novia.

Sentado ante su mesa, bien arrebujadas las piernas en una manta que
imita una piel, y en largas horas de meditación fecunda, ha trazado
Avito en unas cuantas cuartillas los caracteres antropológicos,
fisiológicos, psíquicos y sociológicos que la futura madre del futuro
genio ha de tener. Y tales caracteres en ninguna encarnan mejor que en
Leoncia Carbajosa, sólida muchacha dólico-rubia, de color sano, amplias
caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo, buen apetito
y mejores fuerzas digestivas, instrucción variada, pensar libre de
nieblas místicas, voz de contralto y regular dote. Avito ha puesto sus
ojos en los de ella, por si éstos le dicen algo; pero Leoncia, a fuer
de futura madre de genio futuro, no responde más que con la boca, y eso
cuando se la pregunta.