Texto - "El maestrante" Armando P. Valdés

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A las diez de la noche eran, en toda ocasión, contadísimas las personas
que transitaban por las calles de la noble ciudad de Lancia. En las
entrañas mismas del invierno, como ahora, y soplando un viento del
noroeste recio y empapado de lluvia, con dificultad se tropezaba alma
viviente. No quiere esto decir que todos se hubiesen entregado al sueño.
Lancia, como capital de provincia, aunque no de las más importantes, es
población donde ya en 185... se había aprendido a trasnochar. Pero la
gente se metía desde primera hora en algunas tertulias y sólo salía de
ellas a las once para cenar y acostarse. A esta hora, pues, solían
tropezarse algunos grupos resonantes que caminaban a toda prisa
resguardados por los paraguas; las señoras rebujadas en sendos
capuchones de lana, alzando las enaguas con la mano que les quedaba
libre; los caballeros envueltos en sus pañosas o montecristos, los
pantalones enérgicamente arremangados, rompiendo el silencio de la noche
con el áspero traqueteo de las almadreñas. Porque en aquella época eran
muy pocos todavía los que desdeñaban este calzado patriótico y
confortable. Tal cual pollastre que por haber estado en Valladolid
estudiando medicina se creía por encima de estas ruindades y alguna que
otra damisela melindrosa que afectaba el no saber andar con ellas.

De coches no había que hablar, pues sólo existían tres en la población,
el de Quiñones, el de la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este
último era el único que no alcanzaba el medio siglo de antigüedad.
Cuando cualquiera de las tres carrozas salía a la calle, rodeábala un
enjambre de chiquillos y seguíanla buen trecho en testimonio de
incondicional entusiasmo. Los vecinos en lo interior de sus moradas
distinguían, por el estrépito de las ruedas y el chasquido de las
herraduras, a cuál de los magnates mencionados pertenecía. Eran, en
suma, tres instituciones venerandas que los hijos de la ciudad sabían
amar y respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más de las tres
cuartas partes del año no se conocían entonces otros preservativos
naturales que el paraguas y las almadreñas. Poco después vinieron los
chanclos de goma y recientemente también se introdujeron los
impermeables con capuchón, que trasforman en ciertos momentos a Lancia
en vasta comunidad de frailes cartujos.

El viento soplaba más recio en la travesía de Santa Bárbara que en
ningún otro paraje de la población. Esta vía, abierta entre el palacio
del obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, donde viene a
caer la cadena del pararrayos, pasa a su terminación por debajo de un
arco y forma lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y clama y se
lamenta en noches tan infernales como la presente.

Un hombre embozado hasta los ojos atravesó velozmente la plazoleta que
hay delante de la morada de los obispos y entró en este recodo. La
fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, penetrando entre el embozo de
la capa y el sombrero, le privó de la vista. Resistió unos instantes a
pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez de soltar alguna
interjección enérgica, que nunca fuera más al caso, dejó escapar un
suspiro de angustia.

Ay, Jesús mío, qué noche!

Se arrimó a la pared, y cuando el viento sosegó sus ímpetus siguió su
camino. Pasó por debajo del arco que comunica el palacio con la catedral
y entró en la parte más desahogada y esclarecida de la travesía. Un
reverbero de aceite engastado en la esquina servía para iluminarla toda.
El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secundado por la gran mariposa de
hoja de lata, para enviar alguna claridad a los confines de su
jurisdicción. Pero, más allá de diez varas en radio, nada hacía
sospechar su presencia. Sin embargo, a nuestro embozado debió parecerle
una lámpara Edison de diez mil bujías, a juzgar por el cuidado con que
se subió aún más el embozo y la prisa con que abandonó la acera para
caminar ceñido a la tapia del patio en que las sombras se espesaban.
Salió en esta guisa a la calle de Santa Lucía, echó una rápida mirada a
un lado y a otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La calle de
Santa Lucía, con ser de las más céntricas, es también de las más
solitarias. Está cerrada a su terminación por la base de la torre de la
basílica, esbelta y elegante como pocas en España, y sólo sirve de
camino ordinariamente a los canónigos que van al coro y a las devotas
que salen a misa de madrugada.

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y de viejo caserío, se alzaba
el palacio de Quiñones de León. Era una gran fábrica oscura de fachada
churrigueresca, con balcones salientes de hierro. Tenía dos pisos, y
sobre el balcón central del primero un enorme escudo labrado toscamente
y defendido por dos jayanes en alto relieve tan toscos como sus
cuarteles.

Una de las fachadas laterales caía sobre pequeño jardín húmedo,
descuidado y triste y cerrado por una tapia de regular elevación; la
otra sobre una callejuela aún más húmeda y sucia abierta entre la casa y
la pared negra y descascarillada de la iglesia de San Rafael. Para pasar
del palacio a la iglesia, donde los Quiñones poseían tribuna reservada,
existía un puente o corredor cerrado, más pequeño, pero semejante al que
los obispos tienen sobre la travesía de Santa Bárbara. Por la viva
claridad que dejaba pasar la rendija de un balcón entreabierto
advertíase que los dueños de la casa no estaban aún entregados al
descanso. Y si la claridad no lo acusara, acusábanlo más claramente los
sones amortiguados de un piano que dentro se dejaban oír cuando los
latidos furiosos del huracán lo consentían.

Nuestro embozado siguió, con paso rápido y ocultándose en la sombra
cuanto podía, hasta la puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió a
echar una mirada recelosa a entrambos lados de la calle, y entró
resueltamente en el portal. Era amplio, con pavimento de guijarro como
la calle, las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiempo, tristemente
iluminado por una lámpara de aceite colgada en el centro. El embozado lo
atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de la campana pegó el oído a
la puerta, y así estuvo inmóvil algunos instantes en escucha. Cerciorado
de que nadie bajaba, tornó a la puerta de la calle y enfiló otra mirada
por ella. Al fin resolviose a abrir el embozo y sacó de debajo de la
capa un bulto que depositó en el suelo con mano temblorosa, cerca de la
puerta. Era un canastillo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo
cual impedía observar lo que en él se guardaba, aunque bien se presumía.
Desde Moisés, los canastillos misteriosos parecen destinados a guardar
infantes. El rebozado, ya desarrebozado, tiró tres veces del cordón de
la campana, y al instante, desde arriba, abrieron por medio de otra
cuerda. Las tres campanadas indicaba que quien entraba en la
aristocrática mansión de los Quiñones era un noble, un par de los
señores. Tiempo hacía que se estableciera esta costumbre, sin saber
cómo. Un menestral, un criado, un inferior, por cualquier concepto, no
llamaba sino con una campanada; las visitas llamaban con dos; y la media
docena o poco más de personas que el linajudo señor de Quiñones
consideraba sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por acuerdo
tácito o expreso, que eso nunca se averiguó. Murmurábase en la ciudad de
tal diferencia: los que nunca habían pisado los salones de la casa,
embromaban a los que a diario los visitaban: respondían éstos negando la
especie; pero aunque secretamente humillados, respetaban la feudal
costumbre: nadie era osado a dar las tres campanadas del segundo
estamento. Sólo Paco Gómez se aventuró una vez a hacerlo por broma o
fanfarronada; pero al llegar al salón se le recibió con sorpresa y
frialdad tan despreciativas, que no le quedaron ganas de repetirlo.

El hombre del canastillo se apresuró a entrar y cerrar la puerta;
atravesó el pórtico y subió por la gran escalera de piedra, en cuyos
peldaños gastados por el uso se rezumaba constantemente alguna humedad.
Al llegar al piso principal un criado se acercó a recogerle la capa y el
sombrero. Y sin aguardar más, como si alguien le persiguiera, lanzose
con presurosa planta a la puerta del salón y la abrió. La viva luz de
las arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era un hombre alto,
corpulento, de treinta a treinta y dos años de edad, la fisonomía dulce
y las facciones correctas: gastaba el pelo cortado a punta de tijera y
la barba luenga, rubia y sedosa. En aquel momento su rostro estaba
pálido y revelaba profunda inquietud.